7/26/2006

“La sociedad sintoniza con Bachelet”


Pedro Güell, sociólogo del PNUD

Con la libertad que da trabajar para un organismo internacional, este investigador habla sobre la tóxica relación en Chile entre el Estado y los intelectuales. También dice que la clase política aún no logra dimensionar la profundidad y sentido del cambio cultural en nuestro país, y califica de “mala leche” la comparación de estilos entre Bachelet y Lagos.

Quiénes somos, cómo estamos, para dónde vamos. Preguntas vitales también válidas para las sociedades. Intentar esas respuestas es la pega del sociólogo del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) Pedro Güell, quien coordina los informes anuales que entrega esa institución, y que para los entendidos no pasan inadvertidos. Este año, el estudio “Nuevas tecnologías: ¿un salto al futuro?” analiza la relación del país con el universo digital de la Internet y el uso de computadores. Un pulso lejano de la mirada computina del asunto, y que habla de nuestros miedos, expectativas y limitaciones.

–Michelle Bachelet comentó que toma mucho en cuenta los informes del PNUD. ¿Hay una relación incestuosa entre los intelectuales y el poder, en general?

–Los comentarios de la Presidenta en cuanto a los informes refleja a muchos dirigentes políticos que recurren a diálogos y discusiones con nosotros, como una manera de interpretar la sociedad en el largo plazo. A quien aspira a operar en el mundo político, esas tendencias a largo plazo le son importantes. No creo que haya una relación incestuosa entre los informes de desarrollo humano y el poder. Muchas veces, los actores del mundo político no han estado de acuerdo con nosotros. Los informes les han sido irritantes.

–¿Cuándo?

–El informe del ’98 sobre las paradojas de la modernización destapó algunas tensiones que había en el proceso de cambio en Chile, y algunos pensaron que no era el diagnóstico adecuado.

–¿Contradecían la idea del país jaguar?

–Nosotros quisimos mostrar que los procesos sociales no sólo hay que verlos desde los rendimientos económicos, sino también de las transformaciones culturales, de los fenómenos de la integración, del capital social, de las aspiraciones de la gente y de los temores. Y mostramos que en Chile había una situación paradojal: que mientras por una parte se estabilizaban y crecían los indicadores económicos, por otra había una suerte de irritación latente a la cual no se le daba cauce. Nosotros decíamos que una correcta modernización supone encauzar las dos cosas al mismo tiempo.

–¿Cómo ve la producción de conocimiento en Chile, esta relación tan evidente que hay entre los centros de pensamiento y los grupos de poder?

–Históricamente, en Chile hay una relación muy estrecha entre intelectualidad y poder, y creo que es un doble error. Por una parte, el mundo político y del Estado tiene siempre la intención de subordinar el pensamiento a sus propias necesidades, y se hace un flaco favor, porque en el largo plazo no tiene ningún punto de vista independiente y objetivo por el cual juzgar las cosas que están pasando. Por la otra, desde el punto de vista de los intelectuales, ciertamente ha sido un problema que el mundo académico no haya logrado constituir una fuente de legitimidad y de identidad distinta del poder del Estado.

–¿Eso es parte de nuestro subdesarrollo exitoso?

–Es parte de la política de un país donde todo o casi todo queda definido desde el Estado: el poder, el prestigio, los símbolos, y por el lado de la sociedad no se ha logrado constituir una autonomía y una fuente de carrera y de prestigio.

–Las universidades son el gran aparato simbólico del conocimiento. ¿Qué pasa cuando, por ejemplo, la Universidad Alberto Hurtado se asocia al laguismo, como ocurre con su Escuela de Gobierno?

–El problema de las universidades chilenas no es su captura por parte del Estado, sino su insistencia en transformarse en un negocio docente y no en un negocio de investigación. En el caso de la Universidad jesuita Alberto Hurtado, tienen 500 años de historia como para saber que finalmente el sentido y el poder mismo son un asunto a largo plazo, y no una relación particular con un gobierno o con otro.

LA CULTURA ORAL

–En el informe, ustedes dicen que la actitud predominante de la gente frente a la tecnología es “me gusta, pero me asusta”.

–Los informes vienen diciendo desde sus inicios que hay un temor en la sociedad chilena a no poder controlar aquello que finalmente va a determinar la propia vida. Las nuevas tecnologías se transforman en una metáfora de este miedo, porque el miedo tiene que ver con muchas más cosas que sólo la tecnología: las formas del sistema político, la globalización, la economía, la volatilidad de los mercados del trabajo.

–Hay una contradicción ahí, porque el miedo es ante todo ausencia de libertad, y Chile se vanagloria de ser una sociedad libre.

–Chile tiene una cultura política en que el temor, especialmente al desorden, juega un papel muy importante. En ese sentido, muchas veces ese temor ha sido conjurado mediante reducciones de libertad. Las dictaduras en Chile no han surgido de la nada, y las demandas de los chilenos en algunos períodos tampoco, sino de la idea de que a mayor libertad, mayor desorden. El cambio cultural en Chile tiene que ver con que la gente hoy cree que puede tener más libertad y, sin embargo, no habrá desorden. La cantidad de miedo en la cual vivimos en Chile hoy se ha reducido notablemente.

–Se supone que al aumentar la cobertura educacional y poner computadores en todo el país se hace un gran avance. Pero no es tan así, según el informe.

–Sí y no. Hay que observar esto en dos niveles. En un primer piso de cobertura, efectivamente se ha logrado en el campo de la educación, gracias al Programa Enlace, una cobertura muy amplia. Nosotros hemos constatado que la capacidad de los alumnos para trabajar con los computadores está mejor distribuida que los ingresos. La expansión de los computadores produce un efecto igualador. Distinto es el aporte que las tecnologías hacen para aumentar el aprendizaje y la calidad de la educación, ahí es donde hemos demostrado que las tecnologías por sí solas no producen un aumento sustancial.

–Muchos chilenos no entienden lo que leen, a lo que se le suma este analfabetismo tecnológico. ¿Es el resultado de una cultura predominantemente oral y simbólica, antes que racional y analítica?

–Obviamente, una cultura que pone su énfasis para organizarse en las relaciones personalizadas tiende a tener un menor uso de todas estas estructuras comunicacionales, como son la lectura y la escritura, y en el caso chileno tenemos mucho énfasis en las relaciones personalizadas, y podemos arreglarnos y coordinarnos mediante la oralidad y la gestualidad.

–Y la red de contactos.

–Y la red de contactos, y esto también puede afectar el uso de los computadores. El tema del analfabetismo funcional que hemos detectado en el caso de las nuevas tecnologías, tiene que ver con que, desde el momento que los alumnos salen del liceo y entran al mundo del trabajo, tienen menos uso de tecnología.

Hoy sólo un tercio de la fuerza de trabajo tiene contacto laboral y las nuevas tecnologías generan una obsolescencia muy rápida en las habilidades que se requieren para usarlas.

MALA LECHE

–La última encuesta Adimark da una baja en la aprobación de la Presidenta, pero también en la de la oposición. ¿Hay una caída de la legitimidad del sistema político en su conjunto?

–Estas encuestas son difíciles de interpretar y se están sacando conclusiones demasiado rápidas. Hay que mirarlas con calma. Lo que sí hay es una sociedad que está ajustando sus expectativas en este proceso de cambio cultural, respecto de lo que puede y no puede esperar del sistema político, y eso es normal en un proceso de cambio tan acelerado como el que vive Chile. Estamos en un proceso de ajuste de las expectativas que lo vamos a ver durante un tiempo.

–¿Es posible de que haya una bomba de tiempo en el sistema de representación política?

–Si uno mira simplemente el dato de la participación electoral, estamos lejos de estar sobre una bomba de tiempo del sistema representativo. Que la representación política tradicional chilena no se está ajustando bien a estas nuevas formas y demandas de representación, es un hecho.

–¿Y eso es aunque se mantenga el sistema binominal?

–Nosotros tenemos un grado de gobernabilidad, de estabilidad y de creciente participación en los conflictos, que habla de un sistema sano.

–Ustedes tocaron el tema de la discriminación y el clasismo en el sistema político a partir de un mail falso que mandaron a los diputados de parte de un González, y de un Errázuriz. Y concluían: “Las respuestas al ciudadano con ‘apellido’ fueron más extensas, respondían a la pregunta de manera más directa y ofrecían incluso la posibilidad de reunirse en persona, llegando a enviarle su número de celular”. Bien maldadoso el ejercicio.

–Es un intento por encontrar síntomas de cómo funcionan en la sociedad las nuevas tecnologías, y la conclusión aquí es una sola: en la relación entre el sistema político y la ciudadanía, las nuevas tecnologías, por su sola presencia, no van a cambiar la forma autoritaria y asimétrica de las relaciones. De hecho, un Congreso que tiene acceso a estas nuevas tecnologías trata a unos y otros como se los viene tratando desde el tiempo de las carretas. Esperar que por el hecho de que los ciudadanos hoy pueden mandarle un mail a su diputado cambia las formas de las relaciones sociales es una ilusión.

–¿Todavía hay mentalidad de latifundio?

–El latifundio desapareció hace mucho rato. Lo que sí tiene que ver con una asimetría de las dignidades, llamémoslo así, entre las personas que se funda en el orden agrario tradicional chileno. Eso no se modifica por la sola presencia del computador.

–¿Qué le parece que en la comparación de los estilos de Lagos y de Bachelet subyace la comparación entre autoritarismo y horizontalidad?

–En todo proceso cultural hay grandes sectores que le temen al cambio cultural, y tienden a pensar que todo tiempo pasado fue mejor. Y también hay mala leche política de usar comparaciones para irritar; obviamente, aquí hay un intento por irritar y no tiene que ver con el cambio en Chile.

–En la política siempre hay un poco de mala leche, ¿pero no hay una tensión de lo que socialmente expresan estos diferentes estilos?

–Estamos en una transición cultural, y obviamente en esto hay grupos que se apean de manera distinta. Creo que la palabra estilo, si uno la mira con calma, es un pobre concepto, para mostrar que aquí hay dos maneras distintas en que la sociedad está demandando ser gobernada. Probablemente, el propio sistema político todavía no ha interpretado del todo cuál es esa demanda de parte de la sociedad, y ese es el desafío político notable que tiene el país: interpretar adecuadamente qué es lo que la sociedad está demandando, y transformar eso en un proyecto de desarrollo a largo plazo.

–¿Cómo aparece el personaje Bachelet en función de estas demandas de cambio?

–Todos los datos muestran, sin lugar a dudas, que la sociedad reconoce en la Presidenta sintonía con sus demandas profundas.

–Entonces, ¿la gente no percibe falta de autoridad?

–Algunos han tratado de producir un discurso sobre el desorden, eso se puede ver reflejado en los medios, en la forma en que se enfrentó la delincuencia. Pero una y otra vez, como lo recibimos recientemente en las cifras de la delincuencia, tenemos que comprobar que Chile no está en una situación de ingobernabilidad, ni mucho menos. Los datos muestran una y otra vez que no es así.

–¿Y cómo se explica que en la agenda se priorice el tema de la delincuencia?

–Desde el informe del 98 venimos mostrando que los temores que se producen en un lado de la sociedad, ya sea el trabajo, la delincuencia, los desastres naturales, tienden a proyectarse en los otros campos. El temor es omniabarcativo: no es que si tengo miedo en el trabajo, mi temor se queda sólo concentrado en el trabajo; entonces, han pasado hechos y formas de discursos que la gente tiende a proyectar.

–¿Cualquier temor engancha con el que está internalizado?

–Exactamente. Por ejemplo, tenemos datos duros de que la gente tiene mucho temor de perder el trabajo, se produce un discurso sobre la delincuencia que produce temor en la gente, y eso tiende a proyectarse sobre otros hechos y a provocar comportamientos, y prende.

–¿No es normal el fenómeno de la delincuencia en las sociedades modernas y complejas como la nuestra?

–Eso hay que verlo desde otra perspectiva. En el tiempo de Caín y Abel, el 50% eran asesinos, hoy son harto menos; hay una reducción de la masa de violencia social, sin lugar a dudas. Ahora, que la sociedad moderna crea condiciones para que el temor aumente, eso es otro punto.

FUENTE:
Nación Domingo
Por Mirko Macari

1 comentario:

Enrique dijo...

Gracias Héctor; me gustó lo de González y Errázuriz, también la mentalidad agraria.
No me gustó que el sociólogo no se moje, dejando de lado cualquier comentario específico sobre Lagos y Bachelet; sin embargo, indirectamente le critica al Gobierno de Frei al comentar las críticas gubernamentales al Informe 1998.